Sylvia, vieja amiga

Querida Sylvia:

Te escribo otra vez a ti, vieja amiga. Siempre vuelvo a ti, todo arte me lleva a ti, a tus palabras. El otro día releyendo 'La campana de cristal' me di cuenta de nuevo del poder que tienen estas a la hora de entenderse a uno mismo. Me entiendo más cuanto más te leo. No soy capaz de plasmar lo que siento en una hoja en blanco, no del todo, pero sigo intentándolo. Te leo y te releo, paseo,  observo la vida a través de la ventana, te vuelvo a releer pero todo carece de sentido. Un día gris no es capaz de darme respuestas. Un día claro solo me provoca más preguntas. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo puedo expresarme? ¿Cómo puedo ordenarme por dentro cuando por fuera está todo hecho un desastre?
Leí que el arte es una forma de razonar con el caos, pero el caos no quiere que razones con él, solo quiere que lo sientas. Caos en la lluvia, en el viento, en las ramas y en los lagos, en la ciudad con su asfalto ardiente, en la noche con su luna acechante. Caos en las sábanas cuando él se ha ido y sabes que no volverá. En la cocina con las dos tazas de café sin terminar apoyadas en la encimera. Caos en mi pelo revuelto por sus manos, en mi boca con el pintalabios emborronado por sus besos, y en mi cuello que anhela sus mordiscos. Me he dado cuenta de que el arte no quiere razonar con el caos, sino dejarse llevar por él. Como un huracán que solo busca destrucción, te destruyes y escribes, te destruyes y vuelas, te destruyes y vives. Y sigues viviendo, en pleno caos. No sé, Sylvia, pero a veces preferiría no entender nada. Sobre todo cuando el caos me paraliza y ni siquiera puedo escribir porque no sé qué decir. A veces lo que escribo se convierte en una cárcel de la que no puedo salir por mucho que lo intente. Me recuerda dónde he estado y todo lo que ya no tengo, lo que ya no soy. No me ayuda a saber a dónde voy, ni cómo tengo que llegar allí. Como un día gris, no me da respuestas. Como un día claro, solo me crea más preguntas. Pensé que quizá tú podrías entenderme, y en cierto modo sé que lo haces. Tus palabras siempre están ahí para mí, como el hogar que anhelo, un hogar que no es lugar. Un hogar que escribo y me escribe, porque la escritura me crea de la misma forma en la que yo la creo. 

Hasta que nos volvamos a leer, Sylvia.
Siempre tuya, siempre mía.

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